Comencé a oir hablar de Gavarnie hace unos veinte años, y especialmente cuando Desnivel publicó el Anuario
1982. En el mismo aparecía un artículo sobre las imponentes cascadas del circo.
Desde el primer momento me atrajo poderosamente la atención esa colección de cascadas de casi 300 metros de altura donde uno podría pasar todo el invierno sin parar de escalar.
Mi experiencia como glaciarista hasta la fecha se limitaba a algunas canales y cascadas del Circo de Gredos pero estaba convencido de que había llegado el momento de buscar nuevos horizontes y Gavarnie parecía el lugar ideal, así que me dediqué a convencer a mis amigos para hacer algunas incursiones suicidas que sistemáticamente se veían abortadas por unos problemas u otros.
La vía que tenía en la cabeza era Fluido Glacial. No me atraían las más fáciles como Panneau Central, Freezante o Banana Split. Tampoco me gustaba la pinta de las cascadas de la parte derecha ya que la mayoría tenían grandes estalactitas amenazantes colgando de los desplomes de roca superiores. Lo que buscaba era una vía de cierta dificultad pero relativamente segura. Hacia finales de los 80 eran varios los intentos que había realizado de hacer esta cascada. Imaginad que entonces la autovía Madrid-Zaragoza todavía no estaba construida, Internet no era más que un proyecto y los pocos teléfonos móviles que había pesaban más de un kilo. Desde luego no existían demasiados medios para tener información fiable y reciente de las condiciones del hielo, a no ser por los comentarios de alguien que hubiera estado unos días antes, pero incluso así te exponías a hacer muchos kilómetros en vano. Otro problema era encontrar en Madrid a un escalador de hielo lo suficientemente chalado para ir en un fin de semana desde Madrid.
El caso es que mi primer intento terminó en Riglos debido a la ausencia total de hielo. En el segundo no pasé del Hotel del Circo, hasta donde llegaron dos de las numerosas avalanchas que cayeron en apenas media hora. En el tercero por fin llegué a escalar el primer largo, pero hacía tanto calor y el hielo estaba tan mal que no nos quedó otro remedio que bajarnos. Nos consoló saber que una cordada de ‘famosos’ se había bajado el día anterior por el mismo motivo. Desde luego la vida de un escalador de hielo de la época estaba destinada a hacer interminables viajes sin ninguna garantía de éxito. Había que tener muchas ganas!
En estas circunstancias no me lo pensé ni un momento cuando mi amigo británico Duncan Tunstall, al que unos amigos ya le habían hablado de mi interés por esta vía, me propuso hacer una nueva visita al ‘circo’ pasadas las Navidades: “Hombrre, me interesssa musho haser Fluido Glasial”. No había escalado antes con Duncan, pero me daba confianza embarcarme en aquella aventura con un alpinista que se codeaba con la creme de la creme del alpinismo británico (Mick Fowler, Andy Fanshawe, Stephen Venables, etc.)
En fin, con mucha ilusión nos embarcamos en el BMW de Duncan rumbo a Gavarnie un viernes al mediodía. En nuestra cabeza pesaba el temible muro de 90º del tercer largo, que en ocasiones ofrecía un comienzo desplomado! En el maletero iban algunas muestras del mejor material de la época, entre ellas mi Pulsar de primera generación recién aparecido en el mercado, un Simond Barracuda, mis crampones Simond Makalu rígidos de doce puntas convencionales y una buena colección de tornillos de titanio comprados a los rusos en Chamonix. También llevábamos algún tornillo de acero de los que había que roscar haciendo palanca con el piolet, por si era necesario abandonarlos para bajarse ya que la técnica del abalacoff no fue conocida hasta unos cuantos años más tarde.
El sábado muy temprano hicimos la aproximación al circo y aunque estaba nublado y caían algunos copos de nieve hacía frío y las cascadas tenían bastante buen aspecto. ¡¡Por fin condiciones decentes!!
Para mí se trataba de la escalada en hielo más seria que había hecho hasta entonces, con la excepción quizás de la Norte de las Courtes que había realizado poco antes, y eso me causaba cierta ansiedad.
A pie de vía decidimos que yo haría los largos impares y Duncan los pares. Bueno, eso significaba que yo haría el primero y el tercero, los dos más difíciles, pero estaba eufórico y no me importó que Duncan se quedara con los largos más tranquilos. Comenzamos a escalar y sin pensar demasiado comencé a ganar metros al primer largo, con un hielo plástico excelente y utilizando de forma impecable la técnica de colgarme de los piolets mediante una ‘fiffi’ para colocar los titanios. En aquella época no me planteaba otra forma de hacerlo ya que la mayoría de los tornillos disponibles ofrecían demasiada resistencia para roscarlos con una mano.
Cansado, pero muy satisfecho, monté la primera reunión en una repisa con buenos seguros en la roca. Cuando llegó Duncan me pidió que por favor hiciera también el segundo largo ya que no se encontraba demasiado suelto. Yo me encontraba estupendamente así que no me importó. Un rato después estaba en la segunda reunión a escasos metros a la derecha de la base del temible muro de 90º.
El pedestal de coliflores tenía una pinta horrible, desplomaba ligeramente los dos primeros metros y caía una auténtica ducha de agua que deberíamos atravesar. Se me pasó por la cabeza pedirle a Duncan que hiciera él ese largo (siempre he sido un cobarde), pero a pesar de todo era mi largo por muy temible que me pareciera.
Con más miedo que vergüenza coloqué un par de seguros antes de cruzar bajo la ducha fría e iniciar mi pelea con las coliflores desplomadas de la base del pilar. Me sorpendió que a pesar del chorro de agua en la cara conseguí superar el desplome con menos dificultad de la que esperaba gracias a los excelentes apoyos para los pies. Ya en la parte vertical del muro me colgué de los piolets con ayuda de mi ‘fiffi’, coloqué un buen tornillo y seguí avanzando parándome de vez en cuando a colocar algún tornillo con mi técnica habitual. Recuerdo que cada vez que tenía que desenganchar mi ‘fiffi’ del piolet para seguir escalando era durísimo psicológicamente. Años después, con la aparición de los modernos tornillos de acero que se introducen sin problemas con una mano, aprendí que escalar en libre, es decir, sin colgarte de los piolets mientras haces el largo, hace que la escalada sea mucho más interesante y paradójicamente menos dura psicológicamente hablando.
Para cuando llegué al final del muro, donde ya empieza a perder verticalidad, estaba extenuado, mis guantes empapados, mis manos heladas y encima la cuerda no corría bien por los seguros que coloqué en la travesía inicial. Pero lleno de satisfacción fui arrastrándome en travesía ascendente a la derecha hasta la siguiente reunión donde pude pararme a llorar por el dolor de mis manos al volver a la vida. Tras no pocos resoplidos y exclamaciones Duncan se reunió conmigo y tras algunos resoplidos y exclamaciones más conseguí convencerle de que TENIA que hacer el siguiente largo de primero. Afortunadamente era fácil y sin demasiadas complicaciones pudimos completar el resto de la vía justo cuando comenzó a caer una copiosa nevada.
Pudimos encontrar los rápeles sin problemas gracias a unas huellas recientes que recorrían la parte superior de la pared. Ya oscureciendo recogíamos nuestros macutos e iniciábamos la caminata hacia el pueblo, donde nos esperaba Jackie, la mujer de Duncan, con quien celebramos la hazaña con una cena apropiada para la ocasión.
Es curioso cómo a pesar de los años transcurridos y de los muchos miles de metros de hielo que he escalado desde entonces todavía tengo grabados en el recuerdo aquellos largos de Fluido Glacial y cada vez que vuelvo a Gavarnie el increíble ambiente del circo me sigue produciendo la misma impresión y respeto.
Es un lugar no sólo hay que tener en cuenta la dificultad técnica de las cascadas, sino sobre todo el importante grado de exposición a la caída de hielo y avalanchas cuando las condiciones no son correctas. Si las condiciones del hielo y la nieve fueran más estables sin duda Gavarnie sería una meca de la escalada de Cascadas, pero aún así cada invierno hay unos pocos días en que todos los factores son propicios. Vías como Freezante o Banana Split ofrecen una toma de contacto suave con la escalada y el ambiente de Gavarnie, pero sin duda Fluido Glacial es una de las joyas de la pared, con su dificultad moderada, un recorrido muy estético y relativamente protegida de la caída de hielo, con la ventaja adicional de tener estaciones de rápel equipadas por la misma vía.
A los que visitéis la zona por primera vez os recomiendo informaros primero del riesgo de avalanchas. Por experiencia os aseguro que no hay dada más frustrante que ver las cascadas perfectamente formadas pero no poder acercarse porque las pendientes superiores están cargadas de nieve inestable. Si las temperaturas son demasiado altas gran parte de la pared está amenazada por la caída de bloques de hielo por lo que será mejor elegir alguna otra zona con menos peligros objetivos, como el vecino circo de Troumouse, o aprovechar para hacer una escalada alpina en alguna de las goulottes del Taillón.
Bueno, no os he contado cómo terminó aquel viaje. El domingo, mientras Duncan conducía ya de vuelta por las cercanías de Lourdes, no se sabe si por el cansancio, su mala vista, despiste o una mezcla de todo ello, se pasó de largo un stop yendo a frenar contra el lateral de un ‘cuatro latas’ que pasaba en aquel momento. El incidente no pasó de unos cuantos abollones sobre todo por parte del otro coche, un agujero en el radiador del flamante BMW de Duncan y el enorme susto, sobre todo de la señora francesa del ‘cuatro latas’. Eso me recordó que después de llegar a la cumbre tienes que bajar.... y luego hacer el camino de vuelta a casa. Y es que el alpinismo (según quien conduzca) está lleno de peligros...